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Luis Lavín, un piloto bilbaíno en la Gran Guerra Patriótica
(1941-45)
Luis
Lavín Lavín, bilbaíno de la quinta de 1925, es el
único superviviente del grupo de ocho “niños de la
guerra” que ingresó en las Fuerzas Aéreas de la URSS
y combatió la Gran Guerra Patriótica, denominación
rusa del conflicto germano-soviético. Luis fue evacuado de Bilbao
el 14 de junio de 1937 en el trasatlántico Habana. En el puerto
francés de Pauillac transbordó al mercante Sontay, que llevaba
500 niños a Leningrado. En total, unos 3.000 jóvenes españoles
fueron acogidos en la URSS.
De
ellos, 330 perecieron durante la II Guerra Mundial. La mayoría,
280, en la retaguardia, de hambre, por falta de medicamentos o víctimas
de los bombardeos. Cincuenta cayeron en combate, un altísimo porcentaje
si consideramos que se alistaron 130. La mitad de los “niños
de la guerra” supervivientes regresaron a España en 1956-57,
si bien muchos retornaron a la URSS expulsados o al no adaptarse a la
vida bajo el régimen franquista. Actualmente unos 275 residen en
los distintos países que formaban la extinta Unión Soviética.
Luis
estuvo tres años en la Casa de Jóvenes nº 13, a 15
kilómetros de Kiev. Los chicos recibían todo tipo de atenciones
y cierto entrenamiento paramilitar: realizaban ejercicios de tiro y los
que conseguían más blancos eran premiados con una medalla.
En 1938 la organización juvenil Osoviajin los llevó
de excursión a un polígono militar. A Luis el viaje en un
carro de combate no le llamó especialmente la atención.
Pero días más tarde tuvo su bautizo aéreo y desde
ese momento soñó con volar. Un sueño recurrente de
muchos “niños de la guerra” que habían sufrido
los bombardeos fascistas sin caza alguna que les protegiera.

Lavokhin
La-7 de la Fuerza Aérea Soviética como el utilizado por
Lavín en 1944
Un
grupo de nueve logró ingresar en un aeroclub de Moscú en
otoño de 1940. Tras vencer muchas dificultades provocadas por su
condición de extranjeros, en abril de 1941 ocho fueron admitidos
en una Escuela Militar de Pilotos de Combate (1). Resulta sorprendente
que las autoridades permitieran a estos adolescentes formarse como aviadores
militares porque en la URSS residían 157 pilotos españoles
que tuvieron vetado su ingreso en las Fuerzas Aéreas (2). Estos
veteranos, pese a su alta cualificación, tras la invasión
alemana sólo pudieron combatir en la guerrilla, donde 21 murieron
actuando tras las líneas enemigas. Sólo a partir de 1942
el general Alexander Ossipenko, que había combatido en España,
obtuvo el ingreso en la Aviación de medio centenar de ellos. Su
primera baja fue José Pascual, en agosto de ese año, a la
que se sumaron otros diez a lo largo de la campaña. Proporcionalmente
el grupo de “niños de la guerra” sufrió pérdidas
mayores. De ocho murieron tres: José Luis Larrañaga, Antonio
Uribe e Ignacio Aguirregoicoa.
Finalizada la contienda Luis Lavín se casó con una enfermera
ucraniana veterana de Stalingrado. En 1948 fue expulsado del Ejército,
como todos los españoles, y comenzó a trabajar en la industria
aeronáutica. Tras un viaje del presidente de Gobierno español
a Rusia en el que se les hicieron muchas promesas, el matrimonio decidió
volver en 1993. Tras su paso por la residencia “El Retorno”
de Alalpardo, donde se instalaban los repatriados, emigraron a un pueblo
del Levante español.
Alguna
de las administraciones públicas implicadas – que en este
caso proliferan: la española, la rusa, la autónoma vasca
en razón de su nacimiento o la valenciana donde reside - debería
encargarse de hacer justicia a esta pareja de excombatientes con más
de 40 años cotizados, que permanece en la indefensión económica.
Pero démosle la palabra a Luis Lavín.
Mi infancia
Me cuesta escribir estas líneas por dos razones. Cuando empecé
los estudios en Aviación, en adelante todo fue en ruso y muchas
palabras españolas para mí son extrañas. Las comprendo
perfectamente en ruso pero, para comprender qué significan en español,
tengo que mirar en el diccionario. Porque mi español es el de un
niño de 12 años, las palabras que entonces no sabía
ahora sólo las conozco en ruso. En el pueblo del Mediterráneo
donde vivimos hay nueve familias rusas y como las esposas son de allí,
continuamos hablando en ruso. Ahora estoy volviendo a aprender español,
las palabras y las conjugaciones de los verbos.
Para
escribir además tengo dificultades porque estoy aprendiendo a usar
la mano izquierda. En julio de 1942 en un combate cuerpo a cuerpo contra
los nazis un casco de metralla se coló sin permiso en mi hombro.
Una pequeña herida que pasados unos diez días se curó
pero después de más de sesenta años ha empezado a
doler de tal manera que con la mano derecha ya no puedo escribir ni trabajar.
Mi
vida es un serial que si lo presentara por la televisión duraría
mucho. Nací en Bilbao el 9 de marzo de 1925, vivía en el
centro, junto al Teatro Arriaga. Mi familia tenía un bar donde
solía venir Dolores Ibarruri Pasionaria a comer. Mi padre
no sé si estaba afiliado al PCE, sé que lo estaba a la UGT
y presidía la “Asociación de Amigos de la Unión
Soviética”. La época de la República se vivió
mucho en mi casa: el fusilamiento de Fermín Galán, la huida
del Rey... Recuerdo que teníamos una radio, algo poco común
en aquella época, y durante la Revolución de 1934 yo sintonizaba
lo que decía la emisora de Moscú.
Cuando
estalló la guerra, dispararon a la gente desde la Iglesia de San
Francisco y la población la incendió, aunque no cogió
a los francotiradores. Manuel Eguiluz, jefe del Ejército del Norte,
pasaba mucho por nuestra casa, él y su familia, así que
seguíamos que pasaba por el frente. Nos acostumbramos a las bombas,
aunque cerca de nuestra casa una hundió un edificio de cinco pisos.
Durante los bombardeos de Bilbao, dormíamos con los colchones encima
como protección. Mi padre trabajaba en el consulado de la URSS.
Nos dijo que si queríamos salir de vacaciones, que sería
para dos o tres meses. Él se quedó, aunque el cónsul
ruso le ofreció venir también. Nos fuimos y no volvimos
a tener noticias en 20 años. Los franquistas lo molieron a palos
y se pasó tres años en la cárcel, aunque sobrevivió.
En
1937 salimos de Santurce en el trasatlántico Habana y luego continuamos
en el Sontay. Tenía doce años recién cumplidos y
me acompañaba mi hermana Aurora, de diez. Llegamos a Leningrado
y enseguida a todos nos vieron un médico y un dentista. Un baño,
ropa magnífica y en el comedor una comida de reyes: caviar, jamón,
chocolate... todo lo mejor. Estuvimos una semana en Leningrado, como siempre
era de día nos escapábamos a cualquier hora. Recuerdo como
nos llamaba la atención los carteles con letras rusas, que nos
parecían rarísimas. Luego pasamos el verano en balnearios
de Crimea y nos instalamos en la Casa de Jóvenes de Kiev (3). Era
muy joven cuando llegó la noticia de la derrota de la República
a la Casa de Jóvenes donde vivía y apenas nos enteramos.
La formación como piloto
Cuando teníamos edad de hacer los estudios superiores fuimos a
Moscú en agosto de 1940. Estudiaba peritos y un día vino
al Instituto un representante del Comisariado de Aviación para
pedir pilotos. Todos queríamos aprender a volar por lo que habíamos
pasado en España, pero para hacer los cursos de aviación
en la URSS se necesitaba tener no menos de 17 años y yo sólo
tenía 15. Así que me aumenté dos años más
y ahora en el pasaporte ruso pone que mi fecha de nacimiento es el 10
de marzo de 1923. Hasta tengo un certificado de nacimiento ruso con esa
edad. Fuimos todos, pero sólo pasamos nueve la revisión
médica. La mayoría fue rechazada, Rubén, el hijo
de Pasionaria, un chico muy majo, entre ellos. Los estudios de aviación
empezaron en octubre en el Instituto Proletario de Aviación de
Moscú. Los nueve éramos: Ignacio Aguirregoicoa, Isaías
Albístegui, Ramón Cianca, Antonio Lecumberri, José
Luis Larrañaga, Eugenio Prieto, Tomás Suárez, Antonio
Uribe y yo. Seis procedíamos de la Casa de Jóvenes de Kiev.
Terminamos ocho, porque Isaías no acabó los estudios. Sólo
quedo yo vivo. Ramón Cianca murió de un infarto justo antes
de volver a España y Lecumberri murió hace un par de años,
su viuda, que es de Orel, quedó en una situación económica
horrible.
Pero
en los estudios había dificultades al no tener la nacionalidad
rusa y no nos dejaban pasar a la Academia de Aviación Militar.
El 1 de enero de 1941 Dolores vino a la Casa de Jóvenes de Moscú
y nos dijo: Vamos a pasar muchos años aquí, así
que lo más conveniente es que tomemos la ciudadanía rusa.
¿Alguien en contra? Nadie dijo nada, porque pese a nuestra
edad ya sabíamos cómo funcionaba aquello. Por los estudios
sabíamos que la autocrítica estaba muy bien, pero criticar
a los de arriba, no. Al general Rigachov, un piloto muy bueno que había
estado en España, cuando la invasión alemana Stalin le preguntó
porqué perdíamos tantos aviones. Le contestó que
nuestros aviones se habían quedado muy viejos. Stalin no dijo nada,
pero en octubre de 1941 le fusiló a él y a su mujer.

El teniente de la Fuerza Aérea Soviética Luis Lavín
en 1945
Estuvimos
haciendo las gestiones y nos invitó a su despacho en el Kominter.
Allí su secretaria nos tuvo esperando media hora en el gabinete.
Antonio Uribe, que era algo mayor, había combatido en España
y era hermano del ministro comunista Vicente Uribe, se levantó
y exigió verla. La secretaria nos llevó a su despacho y
¡estaba leyendo el periódico! Hay que decir las cosas como
son: No tengo un buen recuerdo de Pasionaria. Nos dijo que mejor
nos hiciésemos maestros o ingenieros. Antonio empezó a discutir
y al final nos dijo que nos apoyaría. Y al poco, quizá también
por las gestiones de su hermano ministro, pudimos entrar en la Aviación.
Los
cursos los terminamos en marzo del año siguiente con muchas dificultades
con la ayuda de nuestros dirigentes políticos. El 22 de abril de
1941 ingresamos en la Academia Superior de Aviación Chkalov, en
la ciudad de Borisoglebsk, provincia de Voronez. Comencé a volar
el I-16. Y a poco estalló la guerra. Pensábamos que si se
ganaba la guerra a los alemanes podríamos llegar a España
y echar a Franco. Al principio perdimos tantos aviones contra los alemanes
que nos quitaron los nuestros para dárselos a los pilotos con más
experiencia. En 1942 nos llevaron al campo Ural 5. Teníamos que
aprender a manejar los nuevos modelos de aviones y formar a nuevos pilotos.
Proseguimos con nuestra formación en condiciones pésimas,
en un campo de hierba, con temperaturas polares y viviendo en tiendas
de campaña, en medio de la nieve y el viento, estudiando los manuales
de los nuevos aviones y luego aprendiendo a manejarlos.
La
campaña
En julio de 1942 nuestra unidad, el 826 Regimiento, estaba en Povorino,
cerca de Stalingrado (4). Formábamos parte de la 36 División
Aérea de Caza. Volábamos el modelo más moderno de
I-16 (5), pero era un avión que ya había combatido en España
y no podía luchar con los alemanes por lento. Además era
peligroso por difícil de manejar. A todos nos gustaba volar y un
compañero ruso me dijo que se lo prestase. A la cuarta vuelta sobre
el aeródromo se estrelló y se mató.
Povorino
era una gran estación ferroviaria, con 12 ó 13 grandes aeródromos
alrededor. Los alemanes solían venir a bombardear de noche, guiándose
por un gran lago que estaba al lado. Teníamos un hangar enorme
lleno de I-15 e I-16. Los instructores se los llevaron para actuar como
cazas nocturnos en otras zonas, porque eran aviones que no podían
combatir caza contra caza con los alemanes. En aviación, el caza
más rápido siempre lleva las de ganar.
Nosotros
no nos incorporamos al frente, fue el frente el que se vino a nosotros.
Un día estábamos Ignacio Aguirregoicoa y yo cavando unas
trincheras y pasó una unidad que iba al frente. Ignacio y yo, sin
pensarlo, cosas de la edad, nos montamos en un camión y ¡al
frente! Bueno, en realidad no había frente fijo, las patrullas
y las columnas avanzaban sin que hubiese una posición fija.
Llegamos
a un hospital, pero los alemanes habían pasado antes por allí.
Estaba destrozado y los alemanes habían asesinado a los heridos,
a médicos y enfermeras. Un brigada que venía de retirada
desde que empezó la guerra nos dijo que teníamos que minar
la carretera porque en cualquier momento podían venir más
alemanes, así que Ignacio y yo comenzamos a poner minas y obuses
de 122 mm, de más de 20 kilos. El brigada se fue a patrullar con
dos soldados por el bosque. Terminamos de minar y entramos en una trinchera.
Oímos tiros y al rato salió el brigada sólo, corriendo
con los alemanes detrás. Había tenido un encuentro con una
patrulla en el bosque y habían matado a sus soldados. Y en ese
momento por la carretera apareció una columna de esos camiones
gigantescos que tenían los alemanes. Ignacio y yo, que teníamos
experiencia en tirar de cuando éramos niños en Kiev, matamos
a un par de alemanes y luego volamos la columna. Los vehículos
quedaron destrozados por toda la carretera.
En
esto llegó una columna rusa. Y por el otro lado, apareció
otra columna alemana. Aquello fue horrible. Una pelea a bayoneta y con
palas. Una pesadilla, que hasta si lo sueñas es malo. Yo tenía
17 años y estaba enganchado con un alemán tan mocoso como
yo. Alguien tiró una granada que mató al alemán y
a mí me hirió en el hombro derecho. Terminó la lucha
y el comisario nos dijo qué hacíamos allí si nuestros
uniformes eran de aviadores. Nos echó el perro y nos llevó
de vuelta al aeródromo.
Después
de Povorino nos llevaron a Peski (6), un centro importante porque por
allí pasaba la línea que llevaba los refuerzos de Siberia
a Stalingrado. Luego se construyó en unos pocos meses una segunda
línea por la otra orilla del Volga, pero entonces era la única
línea y había que mantenerla abierta. Se fueron montando
antiaéreos contra los alemanes que venían de noche. Nosotros
íbamos a traer aviones de las fábricas de los Urales: Yak,
Mig 3, La FN, La 5... Luego nuestro Regimiento 826 se fundió con
el 907 Regimiento de Caza de Operaciones Especiales, con el hice la guerra
hasta el final.
Ya
no estábamos a la defensiva e íbamos avanzando. En 1944
tenía ya un avión bueno, un La-7 (7), con el morro pintado
de blanco. Mi función era de guardaespaldas del jefe de la escuadrilla,
un tártaro. En la escuadrilla estábamos tres españoles:
Lekumberri y Sevilla Santos, un tártaro, un kirguis, dos armenios,
ucranianos y rusos. Todos como hermanos, hermanos que morían todos
los días. Formaba parte de una sección de cuatro aviones,
cada aparato con un mecánico de aviación y otro de motor.
Hice 2.000 vuelos, muy cortos, de 15 ó 20 minutos la mayoría,
generalmente no solíamos alejarnos más de 150 kilómetros
del aeródromo. Los vuelos más largos eran de 45 minutos.
Nuestras misiones eran proteger a los Shturmovik Il-2, que eran aviones
de ataque a suelo, y proteger a la infantería. Y también
proteger el aeródromo de los ataques enemigos. En el momento en
que aterrizan los bombarderos – algunos después de viajes
largos, como atacar Berlín - y los cazas es el momento en que están
más desprotegidos, porque vienen sin gasolina y sin munición.
Los alemanes solían aprovechar ese momento para atacar y nuestra
función era proteger el aterrizaje. Tras cada vuelo nos daban 100
gramos de vodka. Siempre estaba en alerta, sentado o descansando cerca
del avión. Y así todos los días de la guerra, porque
hasta 1945 no hubo un permiso.

La escuadrilla de Luis Lavín
en 1945
Con
todo, nosotros vivíamos bien, era la población la que más
sufría. Cuando volaba veía la situación del país:
pueblos quemados, no quedaban ni las chimeneas; las fábricas y
las vías de ferrocarril, todo destrozado, los campos vacíos...
En algunos pueblos, los alemanes metieron a todos en la iglesia con el
cura y le prendieron fuego. Y cuando terminó la guerra todo siguió
así varios años. No había comida, ni maquinaria,
ni casas, muchos vivían en agujeros bajo tierra... Parte de la
comida de nuestras raciones la dábamos a la población para
que pudiesen comer.
Sólo
me alcanzaron una vez, en el... no sé cómo se dice en español.
La glicerina y el alcohol me saltaron a la cara y al mono. El tren de
aterrizaje no se podía bajar, pero afortunadamente pude hacer un
aterrizaje de emergencia. Hubo que tirar el traje de vuelo, estaba todo
estropeado. Yo no sé si derribé a alguien. Disparabas, veías
que salía humo, pero las anotaciones oficiales las llevaba el jefe
de escuadrilla y yo no sé cuáles son. ¡Hace poco en
alguna publicación he visto que me adjudicaban una docena! Muchos
menos, muchos menos, pero para hablar sin tener el dato oficial prefiero
no decir nada. Los accidentes en el aeródromo eran frecuentes,
se producían choques o un avión se estrellaba con incendios,
explosiones y bastantes muertos. También tuvimos muchos sabotajes,
cuatro aviones que cayeron sin razón al iniciar el vuelo sólo
en un mes. Muchos eran hijos de rusos blancos muertos en la guerra civil
e intentaban sabotear lo que podían.
Del
grupo que empezamos en el aeroclub de Moscú, al final de la guerra
ya teníamos tres muertos: José Luis Larrañaga, Antonio
Uribe e Ignacio Aguirregoicoa. José Luis Larrañaga fue derribado
por la artillería alemana en 1943, en un combate donde lucharon
unos cientos de cazas rusos y alemanes en las orillas del río Kuban.
En noviembre de 1943, tras la batalla de Kursk, cerca de Kiev, la misma
andanada derribó a Eugenio Prieto y a Antonio Uribe. Antonio tuvo
la mala suerte de que explotó el depósito de gasolina bajo
el asiento y desapareció en el aire. Pero el avión de Prieto
estaba tocado en el motor y lo llevó planeando, queriendo cruzar
el Dnieper. El lado este estaba en manos de los rusos y la orilla oeste,
en manos alemanas. Con la mala suerte de que se quedó enganchado
en un árbol del lado alemán del río. Con el golpe
perdió el sentido y lo despertaron a patadas. Los alemanes le habían
quitado la pistola, las botas y la chaqueta de cuero y se lo llevaron
preso. Pero Eugenio era un artista. Les dijo que no era ruso, que era
un piloto español y eso los desorientó, así que lo
detuvieron en una casa particular en la aldea de Putoviti. Fingiendo tener
colitis, comenzó a ir al servicio de la casa, una caseta que estaba
fuera. El alemán que le vigilaba, cansado de tantas vueltas, acabó
por no acompañarle y le vigilaba a distancia. Y Eugenio en cada
viaje iba rompiendo una tabla de la caseta. Cuando las hubo roto, escapó
corriendo y se escondió al final del pueblo. Pidió ayuda
a un abuelo, que al oír su acento le tomó por un alemán
y le dijo que no. Con la suerte de que entonces llegó el nieto
que sabía que se había fugado el preso. El abuelo lo llevó
a un almacén donde, debajo de un montón del estiércol,
había un búnker con dos pilotos más.
La
unidad alemana se marchó y fue reemplazada por otra. Los dos pilotos
rusos se fueron con la guerrilla pero Eugenio prefirió quedarse,
porque con su forma de hablar ruso era sospechoso. El alcalde del pueblo,
que era el jefe de la Resistencia, lo hizo pasar por el marido mudo de
su nieta. Le dio un certificado donde ponía que era mudo y sordo.
A
los días el Ejército ruso cruza el río y reconquista
la zona. Cuando Eugenio se les presentó diciendo que era un piloto
derribado no le creyeron. Pese a todas sus explicaciones, lo tomaron por
alemán y no pudo convencerlos porque los rusos son muy difíciles
de convencer, por sistema no se creen nada. Unos soldados lo sacaron del
pueblo para darle el paseo. Y en eso cruzaba una columna de tanques
y oye: “¿Senia, donde vas?”. ¡Resultó
que en una torreta pasaba un conocido de la época de Moscú,
con el que iba a los bailes al salir del Aeroclub! Los soldados se disculpaban
diciendo que no lo iban a matar, que era para darle un susto y que confesase.
El del tanque llamó al aeródromo y mandaron un avión
para rescatar al Eugenio. Se reincorporó a la Aviación pero
en 1945 lo expulsaron del Ejército por haber sido hecho prisionero.
Ignacio
Aguirregoicoa fue derribado el 9 de marzo de 1944, aterrizó en
un lago helado al sur de Leningrado y se suicidó. Los demás
llegamos vivos hasta el final de la guerra. La verdad es que los pilotos
españoles hicieron de todo. Conocí a uno, León Díaz,
que formaba parte de una guerrilla que robaba los aviones a los alemanes.
Éste se estrelló cuando despegaba con un Junker y se quemó
toda la cara.
Según
avanzábamos estuvimos en muchos aeródromos. En verano del
43 participé en la batalla de Kursk. En noviembre, en la liberación
de Kiev; luego en la batalla de Kobel, en el Dniester, en la primavera
del 44. Lublín y Lotz en Polonia y ya, al final de la guerra, en
Alemania, ahora es Polonia, a 6 minutos de vuelo de Berlín. Teníamos
prohibido volar más allá del río Oder para evitar
combatir por equivocación con aviones ingleses o norteamericanos
porque en una pasada uno de nuestros pilotos derribó a tres americanos.
Entonces convivimos en el aeropuerto con varias tripulaciones americanas
que habían caído en nuestra zona. En el Vístula tuvimos
el primer y último permiso de la guerra: unos días en una
casa de reposo. El final de la guerra le tocó a mi regimiento cerca
del Oder, yo con poco más de 20 años.
La expulsión de los pilotos españoles
Posteriormente nos trasladaron como defensa aérea a Korosten, cerca
de Kiev. Allí me casé con una ucraniana tan joven como yo
el 11 de septiembre de 1946. Una vez más nuestra división
fue destinada al Cáucaso, a Bakú, para guardar la frontera
aérea con Turquía. Allí recibimos unos nuevos aviones
Lavochkin 9, muy modernos, armados con 4 cañones pesados.
El
14 de junio de 1948 nos comunicaron desde el Cuerpo de Defensa del Cáucaso
que todos los pilotos españoles debían reunirse en Saratov,
a unos 900 kilómetros al sur de Moscú. Allí se iba
a organizar una unidad española que iría a Yugoslavia. Nos
engañaron, todo una mentira. Solo tres aparecimos en la ciudad,
Santos Sevilla y, y dos nos presentamos ante el oficial de Aviación,
Perjonenko. Resultó que teníamos que dejar la Aviación,
nos echaron. La Policía quiso darme un pasaporte de apátrida
y yo les dije que tenía un pasaporte soviético por diez
años, que no caducaba hasta 1951. Me lo pidieron y lo rompieron
delante mío.
De
cobrar 2.200 rublos, tener dos meses de vacaciones, recibíamos
vestido y alimentación abundante para mí y mi familia, a
cobrar 425 rublos y pasar necesidad. Nos dieron una habitación
donde dormíamos en el suelo y nuestro hijo en una maleta. Pasaron
muchos años hasta que nos enteramos porqué nos licenciaron.
Muchos años después el jefe de nuestro regimiento, que era
entonces vicepresidente de las Fuerzas Aéreas de la URSS, nos explicó
que fue Dolores Ibarruri la que le pidió a Stalin que nos echaran.
En una reunión donde estaban Mikoyán, Molotov, el jefe de
la Aviación, Stalin preguntó qué hacer con los españoles
del Ejército. Todos estuvieron de acuerdo en que siguiéramos
menos Dolores, que dijo que teníamos que salir. A partir de que
lo supimos, la relación con Pasionaria fue muy tensa y
en las reuniones los pilotos la insultábamos con lo peor. Había
otra razón para echarnos. Al terminar la guerra y con el endurecimiento
del régimen soviético, los españoles empezamos a
ser vistos con suspicacia. Y hubo abusos, el principal el de un antiguo
piloto de Kirovabad, Burgueño. Éste había volado
en la Guerra Civil y también estaba en Aviación. Por ignorancia,
tenía mujeres e hijos en varias ciudades donde había estado
su unidad. Y no sabía que según la legislación soviética
te quitan un tanto por ciento del sueldo por cada hijo que tienes. Sus
compañeros se reían, diciéndole que cómo iba
a vivir con tantos hijos. Y él, para quitarse de responsabilidades
se escapó con el avión a Turquía. Para que esto no
se repitiera echaron a los españoles del Ejército.

Luis Lavín y su esposa Svetlana.
Fotografía
gentileza de Josu García
Fui
a trabajar a una fábrica de aviación en Saratov, junto al
Volga. En 1950 pude volar como probador un avión a reacción,
el Mig-15, que fabricábamos allá (8). Era la época
de la Guerra de Corea y con otro español nos ofrecimos voluntarios
para reingresar en la Aviación. Después de darnos algunas
esperanzas sólo aceptaron a los rusos. En 1956 volví a España
con mi mujer rusa y con mi hijo. Me interrogaron mucho, tenían
los planos de la ciudad y de la fábrica. Incluso sabían
que fabricaban 24 aviones al día. Me ofrecieron ir con la Aviación
americana. Yo había hecho estudios políticos marxistas,
era del Partido y sabía que tenía y que no tenía
que decir. Interrogaban también a mi mujer, que no sabía
castellano y cuando salíamos la policía nos venía
siguiendo. Nos pusieron las cosas tan difíciles que nos recomendaron
retornar a la URSS, cosa que hicimos en 1958. Entonces ya conseguimos
una casa mejor y mejores condiciones de vida.
Ahora,
de vuelta a España, una vez más nos engañaron. Hablamos
con Felipe González, con Aznar, con la ministra Alberdi... Volví
pensando vivir con mi madre, que tenía 91 años, pero entonces
murió de una caída. Nos prometieron unas condiciones dignas
y la pensión que recibimos mi esposa y yo es de miseria. En Rusia
teníamos 4 pagas: dos como excombatientes y dos por haber cotizado
más de 40 años, teníamos nuestro piso... Pero ahora
Rusia no nos paga por haber abandonado el país. Aunque existe un
acuerdo entre el Estado español y la Federación Rusa firmado
en 1996 para que nos paguen aquí las pensiones, este acuerdo no
se está cumpliendo. Y España no nos paga por no haber cotizado.
Y, como no fui piloto durante la Guerra Civil, aquí tampoco puedo
cobrar como excombatiente. Si nos hubiéramos quedado en Rusia,
tendríamos ayudas como “niños de la guerra”
pero, al haber vuelto, no. Estamos olvidados por los dos gobiernos. Para
comer hemos tenido que recurrir a Cáritas o a pedir en las tiendas
qué iban a tirar. Una vida de miseria y otro problema más
que tenemos que resolver.
Notas:
(1) Resulta bastante complicado reconstruir los historiales de los pilotos
soviéticos. Éstos son los datos que hemos obtenido del grupo:
- Ignacio Aguirregoicoa Benito (Placencia 1923 – Tallín 9–3-44).
Piloto de la 275 División de Caza. Un derribo. Orden de la Estrella
Roja
- José Luis Larrañaga Muniategui (Eibar 1923 - Ucrania 2-5-43).
Sargento del 193 y 591 IAP (regimiento de caza). Cinco derribos. Orden
de la Estrella Roja.
- Luis Lavín Lavín (Bilbao 1925). Teniente del 826 y 907
IAP.
- Eugenio Prieto Arana (Eibar 1922-1987). Piloto de 235 IAP. Cuatro derribos.
Orden de la Bandera Roja.
- Antonio Uribe Galdeano. (Baracaldo 1920-Dniesper 15-12-43). Teniente
del 36 y 101 IAP. Dos derribos. Orden de la Estrella Roja y de la Guerra
Patriótica.
- Ramón Cianca (Muerto en Rusia en la década de los 90).
- Antonio Lecumberri. Goikoetxea (Nacido en 1924 y muerto en Leioa, Bizkaia,
el 23-12-95). Piloto del 907 IAP.
- Tomás Suárez (Muerto en Rusia en fecha desconocida).
(2)
Los pilotos españoles no fueron aceptados pese a que la Aviación
Soviética (la Voenno-Vozduzhnoye Sily) sufrió enormes
pérdidas a partir de la madrugada del 22 de junio de 1941. La Fuerza
Aérea de la URSS era, en teoría, la más potente del
mundo. Contaba entre 10.000 y 12.000 aparatos, de ellos 7.500 desplegados
en el escenario europeo. Frente a ella, los alemanes podían disponer
de 2.770 aviones, apoyados por otro millar de finlandeses, italianos,
húngaros, rumanos y eslovenos. El primer día la Luftwaffe
machacó por sorpresa 66 bases aéreas, destruyendo más
de 1.800 aparatos, y al día siguiente fueron eliminados 1.000 más.
El posterior avance nazi obligó a desmontar las fábricas
aeronáuticas y reconstruirlas más allá de los Urales
con lo que la producción se ralentizó. Pese a estas críticas
condiciones, no se permitió volar a los pilotos españoles,
muchos con gran experiencia de guerra, durante un año. Y cuando
posteriormente algunos fueron aceptados no se les agrupó en una
única unidad española sino que se les repartió por
todo el frente, a diferencia de lo ocurrido con franceses, polacos y checos.
(3)
Sobre la vida en la Casa de Jóvenes de Kiev, ver Pepita Altuna,
una señorita de San Sebastián en el País de los Soviet,
en “Historia 16” nº281 (septiembre 1999).
(4)
Povorino se encuentra a unos 330 kilómetros al norte de Stalingrado
siguiendo la línea del ferrocarril y a unos veinte kilómetros
de Borisoglebsk, la academia militar donde había cursado sus estudios
el protagonista.
(5)
El Polikarpov I-16 realizó su primer vuelo en diciembre de 1933.
Este pequeño caza de construcción metálica era entonces
el más avanzado del mundo, un monoplano con tren de aterrizaje
retráctil que superaba en más de 100 kilómetros/hora
a cualquier competidor. Por ello se aceptaron algunas características
negativas del modelo: era inestable, duro a los mandos, una mala plataforma
de tiro y su alta velocidad de aterrizaje provocaba numerosos accidentes.
Aunque fue modernizado con motores más potentes y mejor armamento,
para la época de la invasión alemana estaba obsoleto. Sin
embargo, junto a los biplanos I- 15, también de la generación
de 1933, constituía el núcleo de la aviación de caza
soviética y ambos tipos siguieron en servicio hasta el verano de
1943. Sus adversarios - los Messerschmitt 109 alemanes, los Buffalo
finlandeses o los Macchi 200 italianos -, muy superiores, los derribaban
fácilmente. Se fabricaron 20.000 I-16.
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Existían más de 46 localidades con este nombre en la antigua
URSS, pero suponemos que se refiere a la situada en la línea del
ferrocarril doce kilómetros al este de Povorino.
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Semyon Alexeyevich Lavochkin fue – junto con Aleksandr Sergeievich
Yakovlev – uno de los artífices de la victoria soviética
al diseñar unos aviones que pudieron hacer frente e incluso, los
últimos modelos, superar a los cazas standart alemanes. Tras un
limitado LaGG-3, Lavochkin construyó el La-5 y el La-5 FN dos aceptables
cazas, siguiendo con los excelentes La-7 y La-9.
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El Lavochkin La-7 era un caza interceptor que comenzó a salir de
las cadenas de montaje en junio de 1943. Construido en madera y metal
y movido por un potente motor de 1.850 hp, su velocidad máxima
era de 680 km/h, alta prestación que se había logrado a
costa de ahorrar pesos en el armamento (3 cañones de 20 mm) y en
el pequeño depósito de gasolina, por lo que su autonomía
era escasa (630 km). Sus 3.400 kilogramos en orden de vuelo – entre
500 y 1000 Kg menos que un P-51 norteamericano – le daban una rapidez
y maniobrabilidad superior a la mayoría de sus adversarios. Además
disponía de algunos refinamientos poco comunes en la Aviación
soviética: asiento blindado, dispositivo de radio con laringófono...
El piloto se sentaba sobre el paracaídas y, en caso de derribo,
se desabrochaba el cinturón, hacía saltar la carlinga con
una palanca y giraba el avión para ser arrojado fuera.
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El La 9 era un modelo perfeccionado que eliminaba algunas carencias de
sus antecesores. Estaba fabricado íntegramente en metal y disponía
de 4 cañones pesados de 23 mm que le conferían gran pegada.
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El Mig-15 era un caza a reacción – volaba a 1.075 Km/h -
que entró en servicio en 1949. Sorprende que se permitiera a un
extranjero acceder a este avión ultramoderno, cuyas características
de vuelo deseaban conocer todos los servicios secretos occidentales. En
España se organizó la Delegación de Repatriados de
Rusia, con sede en la calle Orense de Madrid, donde agentes de la CIA
dirigidos por el puertorriqueño Ezequiel Ramírez interrogaban
a los niños de la guerra que volvían de la URSS al respecto
de la industria armamentística.
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