Nos hacemos eco en ADAR de una historia curiosa publicada en abril de 2014 en Rossíiskaia Gazeta por la periodista Elena Novikova. Se refiere al aviador español Domingo Bonilla (Villarejo de Salvanés, Madrid) y el vínculo existente con su nieto Valentín, pope ortodoxo de la pequeña aldea de Vyrets en la que se encarga de la iglesia ortodoxa Známenskaya.

Domingo combatió en la Guerra Civil en el mismo Tupolev SB 2 Katiuska en el que volaba su amigo Juan Caldevilla Cecilia, observador del bimotor, y el jefe del Grupo 24, Leocadio Mendiola Núñez. Antes de finalizar el conflicto, Domingo y Juan viajaron a la URSS con la 4ª Expedición de Alumnos-Pilotos para hacerse pilotos, pero el fin de la guerra les sorprendió en Kirovabad. En España, Domingo había dejado a su pareja y a un hijo, pero aceptó la oferta de la URSS para quedarse a vivir y empezó a trabajar en la fábrica Stalin de Moscú hasta que se produjo la invasión alemana. Domingo se ofreció como voluntario y combatió con la Fuerza Aérea Soviética hasta el final del conflicto. En Moscú se enteró que su primera mujer había sido fusilada, por lo que decidió fundar una nueva familia y afincarse en la URSS.

  Pero la tierra tira; después de que falleciera su esposa, Bonilla quiso volver a a ver a su hijo siguió el ejemplo de muchos compatriotas suyos que regresaron en la década de los 70 y 80 a España. El reencuentro no colmó las esperanzas del antiguo piloto, que volvió abatido a la URSS. Lo único que le quitaba la nostalgia de Madrid era viajar al pueblo de Vyrets, donde la familia de su suegra tenía una casa y habían enterrado a su esposa. El paraje era precioso, sin que hubiera sido mancillado por la civilización, por lo que el aviador español compró una casa para poder pescar y pasear a fin de olvidarse de la soledad. La costumbre de viajar a Vyrets la heredaron su hijo y su nieto Valentín que, durante sus largas estancias en el pueblo, siempre escucharon con deleite sus historias de la guerra de España y la Guerra Mundial y fueron quienes enterraron a Domingo en ese pueblo idílico, al lado de la iglesia Známenskaya.

El hecho paradójico reside en que, siendo la familia de Bonilla de ideología comunista, Valentín quiso ser bautizado en Vyrets por el rito ortodoxo y, con el paso del tiempo, afirmó su vocación religiosa convirtiéndose en párroco de su iglesia. Valentín afirmaba que eran muchas las cosas que le vinculaban a Vryets, pero sobre todo el hecho de saber que sus abuelos yacían muy cerca de allí. En la actualidad, en Vryets viven tan sólo un pequeño número de ancianos, pero Valentín, que vive en Moscú, no renuncia a viajar hasta el alejado pueblecillo (dista 200 kilómetros de Moscú e invierte siete horas en el trayecto) pero se costea los gastos de su bolsillo compra leña para calentar la iglesia en invierno y repara las goteras del tejado. Aunque Valentín reconoce que, salvo su apellido, nada le vincula a España se resiste a abandonar la aldea donde su abuelo le contaba historias de aviones y guerra.

(Agradecemos a L. Velasco, Y. Kakadiy y E. Mansurov la información y fotos facilitadas para hacer este artículo).