13-rosas           “Voy a morir con la cabeza alta… Sólo te pido… que quieras a todos y que no guardes nunca rencor a los que dieron muerte a tus padres, eso nunca. Las personas buenas no guardan rencor…” 

Extracto de la carta a su hijo de Blanca Brisac (una de Las Trece Rosas), escrita la noche previa a su ejecución.

La condición femenina ha variado considerablemente durante los periodos de la República, la guerra civil y la posguerra española.

En el bando nacional, imperaba la idea típica de la derecha reaccionaria, según la cual la mujer es un ser débil e incapaz de reflexión, y su lugar natural es, por lo tanto, el entorno doméstico y la iglesia. Y su estatus lógico, es el que se deriva de su dependencia y sumisión al varón. Durante la contienda, la única actividad tolerada a las mujeres fuera del hogar, fue la de organizar las secciones de enfermería, beneficencia y atención a los huérfanos de guerra.

Es bien sabido que esa perspectiva pacata y cavernaria fue la que padecieron las mujeres durante toda la dictadura franquista. Pilar Primo de Rivera pudo decirlo más alto, pero no más claro, en el IIº Consejo Nacional de la Sección Femenina de F. E.T. y de las J. O. N. S.:

El verdadero deber de las mujeres para con la Patria consiste en formar familias con una base exacta de austeridad y de alegría (…). Junto con la educación deportiva y universitaria, irá esta otra, que las prepare para que sean el verdadero complemento del hombre. Lo que no haremos nunca es ponerlas en competencia con ellos, porque jamás llegarán a igualarlos (…)”

¡Faltaría más!

En la IIª República, sin embargo, las cosas habían ido por una senda bien diferente. Las mujeres eran consideradas como agentes sociales de primera magnitud, por lo que llegaron a alcanzar un nivel de independencia familiar, económica y laboral sin precedentes en nuestra historia. Muchas reivindicaciones del socialismo utópico se vieron satisfechas en ese momento. En 1931, se legalizó el voto femenino y se aprobó la ley del divorcio. Se llevó a cabo una reforma del Código Civil que confirió a la mujer una identidad jurídica plena. En adelante, la mujer conservó su nacionalidad al casarse, se reconoció a las madres idéntica autoridad que al padre en relación con los hijos, y se promulgaron leyes que protegían a las madres trabajadoras. También se profundizó en la igualdad de derechos laborales con los hombres.

Pero la igualdad no se persiguió solo en el campo laboral. Todavía conmueven disposiciones como la que se cita a continuación, tomada del diario oficial del Ministerio de la Defensa de la República, relativa al personal femenino que se incorporaba a las distintas dependencias del arma de aviación, en sustitución a los hombres movilizados:

“… se resuelve que este personal esté sujeto a las mismas obligaciones y goce de análogos derechos en cuanto a categorías, vestuario, equipo, suministro y haberes que el masculino a quien sustituye, considerándose en este aspecto a toda mujer voluntariamente incorporada como movilizada voluntaria por el tiempo que dure la campaña.”

Como era de esperar, la IIª República lograría una dinamización de la participación de las mujeres en la vida pública, hasta el punto de que en 1936 participó en las elecciones el mismo número de mujeres que de hombres. Se desarrollaron por doquier organizaciones culturales, políticas y sindicales específicas de mujeres. El gobierno recibía constantes ofrecimientos de mujeres que querían cooperar activamente en la defensa de la República. Tanto era así, que Manuel Azaña acabó por publicar el decreto 28/08/1936 designando al Comité Nacional de Mujeres contra la Guerra y el Fascismo cooperante del Ministerio de la Guerra, Industria y Comercio, integrado por un elenco de lo más llamativo:

Se crea en Madrid una Comisión de auxilio femenino, delega­da del comité Nacional de Mujeres contra la Guerra y el Fascismo, y constituida por Doña Dolores Ibárruri (Política), Doña Emilia Elías, doña Encarnación Fuyola (Maestra y militante comunista), doña Yvelin Kahn, doña Anunciación Casas, doña María Rubio del Sirval, doña Isabel Oyarzabal de Palencia (diplomática y escritora) y Doña Victoria Kent (abogada y política), que cooperará a la acción de los Ministerios de la Guerra y de Industria y Comercio, en orden al abastecimiento de los fren­tes de combate que puedan ser atendidos desde Madrid.

Irrumpieron en defensa de la República otras figuras cuyos nombres aún resuenan, causando infinita admiración y respeto, como Federica Montseny (ministra), María Zambrano (filósofa), Margarita Nelken (escritora y política)…

tresmilicianas

Pero no menos admirable fue la contribución de las milicianas anónimas. Al unísono con lideresas políticas y sindicales, escritoras, artistas, y profesionales, mujeres que eran simplemente madres, esposas o amas de casa se echaron a la calle desde las primeras semanas de la guerra, dándolo todo, -y no solo en la retaguardia-, por el afán de proteger sus familias y sus tierras, pero también por una defensa audaz de los ideales de democracia, dignidad y libertad.

El conjunto de los avances enumerados hacia el reconocimiento de derechos y la conquista de libertades de la mujer, -que entonces equiparaban a España con los países más avanzados-, desapareció cuando se perdió la guerra. De modo que parece lógico que a día de hoy nos estemos preguntando hasta qué punto hubieran evolucionado los problemas de discriminación de género que aún seguimos padeciendo en la España del tercer milenio, si no se hubiera perdido la guerra…. (R. Sanz)

(Nota: ver artículo Las Mujeres de la Aviación Republicana)