A lo largo de la guerra aérea, muchos aviadores de las FAR sufrieron heridas de consideración que les obligaron a limitar sus vuelos a misiones de retaguardia (como en el caso del “cojo” Rafael Peña), mientras que otros se vieron obligados a dejar de tripular aviones, como el piloto de la Aeronáutica Naval Antonio Gómez Baños (que perdió ambas piernas cuando atacaba con su hidro al Canarias) o Pablo Salen Vaquero, piloto de la 4ª Mosca a quien se le tuvo que amputar el brazo izquierdo después de que un proyectil de 20 mm de un Messerschmitt Bf. 109 se lo destrozara en un combate sobre Alcalá. En la retirada hacia Francia y la posterior invasión nazi del país vecino, ambos tuvieron que arrostrar las dificultades que conllevaba ser refugiado político y mutilado. Pablo Salen, pese a su minusvalía, se inscribió en la Escuela de Bellas Artes de Toulouse en las asignaturas de pintura y grabado en las que demostró unas dotes artísticas que le hicieron merecedor de un premio. A partir de ahí, este aviador comienza una carrera artística en el campo del grabado que dio lugar a que sus obras figuren en el Museo Galliera, el Museo de Arte Moderno de París y en la Biblioteca Nacional. Además, Pablo no renunció a volar: se inscribió en el aeroclub de Toulouse-Lasbordes en el que, para poder tripular planeadores, se construyó una prótesis para manejar los aerofrenos de la aeronave. Gómez Baños, por su parte, tampoco renunció a la movilidad; con la ayuda de su hermano adaptó los mandos de un coche para poder conducir y en los momentos de ocio se dedicó a construir maquetas a escala de monumentos franceses (como la iglesia de Notre Dame de París) con tal lujo de detalles que causó la admiración de los vecinos de la localidad cercana a Toulouse donde vivió hasta su muerte. (Artículo Carlos Lázaro Historiador)