A lo largo de la guerra aérea, muchos aviadores de las FAR sufrieron heridas de consideración que les obligaron a limitar sus vuelos a misiones de retaguardia (como en el caso del “cojo” Rafael Peña), mientras que otros se vieron obligados a dejar de tripular aviones, como el piloto de la Aeronáutica Naval Antonio Gómez Baños (que perdió ambas piernas cuando atacaba con su hidro al Canarias) o Pablo Salen Vaquero, piloto de la 4ª Mosca a quien se le tuvo que amputar el brazo izquierdo

Polikarpov I-16 “Mosca”

Polikarpov I-16 “Mosca”

después de que un proyectil de 20 mm de un Messerschmitt Bf. 109 se lo destrozara en un combate sobre Alcalá. En la retirada hacia Francia y la posterior invasión nazi del país vecino, ambos tuvieron que arrostrar las dificultades que conllevaba ser refugiado político y mutilado. Pablo Salen, pese a su minusvalía, se inscribió en la Escuela de Bellas Artes de Toulouse en las asignaturas de pintura y grabado en las que demostró unas dotes artísticas que le hicieron merecedor de un premio. A partir de ahí, este aviador comienza una carrera artística en el campo del grabado que dio lugar a que sus obras figuren en el Museo Galliera, el Museo de Arte Moderno de París y en la Biblioteca Nacional. Además, Pablo no renunció a volar: se inscribió en el aeroclub de Toulouse-Lasbordes en el que, para poder tripular planeadores, se construyó una prótesis para manejar los aerofrenos de la aeronave. Gómez Baños, por su parte, tampoco renunció a la movilidad; con la ayuda de su hermano adaptó los mandos de un coche para poder conducir y en los momentos de ocio se dedicó a construir maquetas a escala de monumentos franceses (como la iglesia de Notre Dame de París) con tal lujo de detalles que causó la admiración de los vecinos de la localidad cercana a Toulouse donde vivió hasta su muerte. (Artículo Carlos Lázaro Historiador)